El PP está seguro de que la corrupción no va a pasarle factura electoral y que logrará instalar a Rajoy en La Moncloa sin esfuerzo, con lo que saldremos de Guatemala para meternos en Guatepeor. Las encuestas parecen darle la razón y es curioso que castiguen a Zapatero por aplicar una política económica que viene a ser, mutatis mutandi, la defendida por el primer partido de la oposición. De ahí que el PP se ocupe ahora menos de asuntos económicos para acosar al Gobierno y concentre sus esfuerzos en obstruirlo en cuestiones como la renovación del Tribunal Constitucional o en materia de política exterior, desacreditándolo en los foros internacionales y echando leña al fuego de los conflictos; como hiciera Aznar, el Capitán Trueno de Perejil, en Ceuta y Melilla. Dicho sea sin ánimo de romper lanzas por Zapatero que también tiene delito: sólo pretendo subrayar que con su protección a los corruptos y sus posicionamientos en las cuestiones internacionales, por no citar otras, el PP antepone los intereses partidistas y los personales de sus dirigentes a la dignidad y a los intereses del país; sin arriar, eso sí que no, la bandera del patrioterismo mesetario españolista. Eso es lo que premian las encuestas.
En cuanto al Gobierno, aunque sus procedimientos no sean tan cínicos y rastreros, no puede decirse que esté para tirar voladores. Llama la atención la insistencia en que a Zapatero no le quedaba otra que dar un giro de 180 grados y subirse al tren ultraliberal donde consideran los derechos sociales poco menos que aberraciones históricas. Son las prácticas ultraliberales, las de incrementar las rentas del capital a costa de las del trabajo, el origen de la crisis de la que se pretende salir, lo que son las cosas, mediante la aplicación de esos mismos criterios liberales para que ganen más todavía las rentas altas en perjuicio de las medias y las bajas. Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas de la Pompeu Fabra y profesor de la John Hopkins University, explicaba esto en la edición de ayer del periódico Público y a él me remito.
El hecho es que la claudicación de Zapatero representa, a mi entender, la derrota de la socialdemocracia. Ya no la necesita el capitalismo liberal para que le lave su peor cara mediante los mecanismos redistributivos de riqueza que constituyen el meollo del Estado de bienestar. Lo que podría darle sentido al acoso a España de los mercados a los que pretende Zapatero aplacar a ver si dejan de doblarle el brazo.
Zapatero ha reconocido que las circunstancias lo han obligado a apuntarse a liberal, lo que no quiere decir, asegura, que renuncie a sus principios socialdemócratas: sólo pretende con su reculada, asegura, garantizar el futuro el Estado de bienestar. Como si ignorara que debilitarlo y eliminarlo, si es posible, es el objetivo ultraliberal. Más explícita fue Trinidad Jiménez en una entrevista con Iñaki Gabilondo: dejó la impresión (al menos me la dejó a mí) de que para ella los derechos sociales son lujos de los que hay que prescindir (dolorosamente, supongo) en situaciones de crisis. Las connotaciones ultraliberales son evidentes y se impone a los más débiles el pago de la crisis mediante la supresión de los “lujos”. Así, se plantea una reforma laboral pero seguimos sin ver, por ninguna parte, la fiscal, que se luche, de verdad, contra el fraude ni que las facilidades a las empresas para despedir tengan alguna contrapartida ni se les vea por la labor de crear empleo. Sin olvidar la jubilación obligada a los 67 que sigue sin ser explicada, quizá para ocultar que en España se comienza a expulsar del mercado laboral a quienes andan entre los 45 y 50 para contratar jóvenes; peor pagados, por supuesto.
La rebelión, o lo que sea, de los sindicatos no ha gustado y procuran desautorizarlos propagando la idea de que están anticuados. Eso es cierto en varios aspectos; con la salvedad de que no lo están menos pasados los partidos políticos; o las organizaciones patronales, que sueñan con trabajadores reducidos al grado de postración de la sociedad preindustrial. En materia social poco ha evolucionado la mentalidad empresarial y no gusta a los dirigentes patronales que los sindicatos rechisten porque fueron sus plantes históricos los que han mejorando la situación de los trabajadores que tanto les escuece. Ya tienen las organizaciones patronales y sus arietes políticos cogido por el bebe al Gobierno y les inquieta que los sindicatos, tras años de complacencia con el sistema, se salgan de la fila; aunque sólo sea un poquito, si poco es convocar huelga general.
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Mire por donde, después de leer su artículo, y haber visto y oído la entrevista de ayer a Toxo y Méndez en CNN+ por parte de Iñaki Gabilondo, y la entradilla de éste en la emisión de esta noche, que he reflexionado sobre el papel que le toca jugar a los sindicatos en el inmediato futuro. Coincido en que los sindicatos están anticuados, pero no más que los partidos políticos y las organizaciones empresariales, por ejemplo, pero creo sinceramente que los sindicatos tienen más posiblidades que el resto de organizaciones nombradas para modernizarse y adaptarse al papel que les corresponde en la nueva situación política-económica y social derivada de la crisis mundial originada por los neocons ultraliberales., contra la que hay que luchar con todas las fuerzas de la que seamos capaz la mayoría de los ciudadanos, que somos clase trabajadora, con trabajo o sin él, pero con todo el derecho a reclamar justicia, libertad, igualdad, trabajo y dignidad. Eso no lo va a hacer Rajoy y, de momento, tampoco Zapatero, prisionero de esa Europa ultraliberal de Merkel, Sarkozy y cía., tendrá que hacerlo el pueblo unido a los mejor preparados para ello, que son los sindicatos, tienen experiencia y ganas